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Patria?Potestad? written in Spanish by Flora Gonzalez and Raysa Mederos offers us a historical understanding of their experience as young women. It tells part of the story of their parallel lives as young Cuban women who as a consequence of revolution end up in very different places. Flora Gonzalez is one of the children sent out of Cuba through Operacion Peter Pan (Operation Peter Pan) in 1962 and Raysa Mederos is a child born and raised post-revolution and relates the story of some of her experiences at Escuela al Campo (School in the Countryside). The Cuban Revolution and their adolescent transition one in the U.S., the other in Cuba, influenced their educational experience, in very disparate yet similar ways. This is part of a work in progress. Flora Gonzalez and Raysa Mederos' stories are intertwined by an experience of revolution. While their stories take place at two very different times in the Cuban experience, they each convey the impact that such a historical occurrence can have in its young. Each of the authors begin their stories with quotes which rule their individual fate. Flora Gonzaliez's quote from the journal Revolucion, October 28, 1960 states that the enemies of Cuba falsely allege that all Cuban children will become wards of the state under revolutionary rule. The second quote is about Operation Peter Pan and explains how this program was created so that Cuban children could migrate to the United States in order to avoid communist indoctrination. Raysa Mederos begins with a quote from a 1971 speech by Fidel Castro Ruz where he states that work and study must be combined throughout all levels of the educational system. He says that the country believes that those who only perform manual work can become ignorant and those who only perform intellectual work get distorted and also become ignorant. He emphasizes that the best to educate is to teach people to work.
Flora Gonzalez begins her account on January 11, 1962 when she and her sister aided by Operation Peter Pan left Cuba while her parents stayed behind. She speaks of her fear, loneliness and isolation in a new land away from her parents. She traces her journey from Cuba to Homestead, Florida and the consequent years spent under the care of Catholic nuns in Ukiah, California. Raysa Mederos relates part of her experience as a secondary grade student in 1975 when she was sent to work, away from her parents in a school in the countryside. She refers to the "odyssey in that countryside interment" and focuses on a fellow student, Patricia. She speaks of the wish to go back home and the interminable days waiting and suffering and dreading the nights "another story that is soon to be told".
These stories are part of a work in progress and will be more extensively published in the future. [Editor]
Flora
"Los enemigos de Cuba [...] apelan al recurso de las calumnias y los rumores más infundados [...] y en [...] combinación con elementos que encumbren sus intenciones anticubanas en falsas consignas, se ha dado en decir que el Gobierno Revolucionario proyecta suprimir el derecho de la patria potestad; en otras palabras, barrer la autoridad de los padres sobre sus hijos, para traspasarlos al Estado.Revolución", año III, La Habana, 28 de octubre de 1960, pp. 1 y 6
"La Operación Peter Pan se desarrolló para propiciar que los niños cubanos pudieran emigrar a ese país [Los Estados Unidos] y evadir el supuesto adoctrinamiento comunista." Ramón Torreira Crespo y José Buajasán Marrawi. Operación Peter Pan: Un caso de guerra psicológica contra Cuba. p.78.
11 de enero de 1962
La Habana, Cuba
La mañana en que nos fuimos mi hermana y yo, yo llevaba un traje de lana. Ahora que lo pienso, seguro que me estaba asando con ese traje aún en un enero de Cuba del sesenta y dos. Era de una lana de rayitas negras en un fondo gris oscuro, forrado de una tela negra muy suave también. Mami había dicho que una niña no debía usar negro pero en aquel momento ésa era la única lana que se pudo conseguir, ya empezaban a escasear las cosas y había que hacer cola para todo. Esa mañana recuerdo a mami y a papi muy nerviosos pesando los gusanos para que no pesaran más de las famosas 66 libras de límite. Me pareció tan difícil poner esos bultos deformes sobre la pesa tan pequeña, y aún más difícil ver cuánto pesaba. Yo me levanté antes de la salida del sol por el ruido; papi y mami discutían en la sala sobre cómo lograr la cosa, lo hacían muy bajito, pero yo me asomé desde la puerta de nuestra habitación a ver qué pasaba. En la oscuridad yo los veía cargando los gusanos y saliendo de la casa. No creo que aún entonces estuviera consciente de la embergadura de nuestro viaje. Mi hermana Isa estaba rendida. Su pelo negro y rizado se veía tan bonito al contraste de la sábana blanca. Yo, parada en el pasillo entre padres y hermana todavía podía sentir el apego al ambiente familiar de la casa, el armario de caoba, la oscuridad, y el silencio de la temprana mañana. Porque todavía no había salido el sol. En la pecera sí se podía ver el sol deslumbrante, y el avión.
Homestead, Florida
Los Estados Unidos
El avión nos trasladó de ese mundo soleado al otro sin familia en un abrir y cerrar de ojos. Y en seguida estamos del otro lado del charco y entramos en el aeropuerto de Miami. Y allí están tía Rosa, Manolo, Rosi, excepto que no podemos ir con ellos, porque las instrucciones eran que nos fuéramos con el buen señor norteamericano que nos iba a llevar a una escuela donde íbamos a aprender inglés. De nuevo la barrera del cristal, como el cristal de la pecera en el aeropuerto de La Habana, que no nos permitía abrazar ni tocar, que no nos permitía el consuelo tan necesitado en la despedida de nuestros padres. Pero yo aprendí muy pronto que era inútil anhelar el consuelo porque los que de veras nos podían consolar estaban del otro lado, inalcanzables. Saludo a mis tíos y a mi prima de lejos y con alegría porque esas caras conocidas me saben a pan de cielo. Pero, no sé de dónde sale un señor, sin cara, sin nombre, que nos viene a buscar, amable tal vez, alto, delgado, camisa blanca, pantalones negros, que no nos permite hablar con nadie y nos conduce en dirección que me aleja de mi tía Rosa, y el alma se me cae. Rosa me da su número de teléfono para que la llame pronto pero no hay tiempo para abrazos.
De allí en adelante se hizo todo soledad, aislamiento, olvido. Yo, por mi parte, decidí enrollarme como un ovillo y esconderme dentro de una concha de mar para no olvidar el vaivén de las olas en la playa de Santa Lucía, al norte de Camagüey. Desde el refugio de la concha había yo de observar lo que me acontecía en el presente.
A nosotras nos tocó llegar a Homestead, un sitio donde no se veía el sol hasta las once o las doce del día por la neblina que lo cubría todo como una sábana de algodón muy gruesa. La densidad era igual a las nubes que se ven desde un avión que son muy lindas porque estamos precisamente más arriba de ellas, porque podemos ver el sol ponerse sobre esa sábana infinita y ver cómo se torna rosa, rosado que pinta a anaranjado. Pero en Homestead se trataba de no ver nada salvo el blanco blanco, y sentir la piel y la ropa toda mojada por la cantidad de agua que había en la atmósfera. Yo jamás había sentido ese frío en mi vida, un frío que calaba hasta los huesos. En la casa, que de casa no tenía nada pues era un grupo de edificios que en algún momento sirvió de cuartel, vivíamos todos los cubanitos que habíamos venido solos como Isa y yo. En mi casa éramos doce o trece niñas que tendrían de diez a diez y ocho años. Isa y yo dormíamos juntas abrazadas en una camita de dos pisos, en la de arriba. Nos pegábamos mucho a la pared para no caernos; parecíamos dos mellizas en la matriz de la madre.
Vivir en Homestead era como estar en el limbo porque allí se estaba de paso para ir a un internado, quién sabe dónde en el norte. Y como yo era la mayor de las dos me tocó a mí decidir adónde íbamos a parar. Y como previendo esa situación, mami y papi me habían dicho que les dijera que quería ir a California, pues allí estaban Lola y Jaime e Inés y Felipe, gente de la familia de papi. Allí estaba yo, con mis doce años, señalando un punto en el mapa de los Estados Unidos, sin tener la menor noción geográfica de la inmensidad de este país y mucho menos de la distancia que había entre Miami y Ukiah, California. Yo sola, en un pequeño cuarto con un escritorio y un mapa, y tener que dibujar el círculo de mi destino. No tengo idea de cuánto tiempo pasó desde esa tarde en que señalé California hasta el momento en que nos fuimos. Las circunstancias de todo tránsito en mi vida desaparecen bajo la espesa neblina de Homestead.
Marzo de 1962
Ukiah, California
Los Estados Unidos
De allí pasamos a Ukiah, California. Desde el aeropuerto, me imagino que en San Francisco, fuimos hasta Ukiah en un pisicorre. Era de noche y llovía. Mucho. Y además hacía frío. Y yo mirando un paisaje negro cubierto de gotas de agua que rodaban por el cristal de la ventana. De nuevo otro cristal que me distanciaba aún más de mi gente. Enfrente iba la única persona que sabía español en este nuevo mundo. Un señor de mediana estatura, con manos grandes, pelo negro que se le estaba empezando a caer. Lo tengo grabado en la memoria con un saco azul prusia de dos botones, unos pantalones grises y una corbata de rayas azules y blancas. Siempre andaba vestido igual. Y tenía un ojo de cristal, negro, porque el otro ojo era negro también. La tecnología no debía estar muy avanzada porque de pronto perdía el control del ojo de cristal y un ojo miraba a un lado mientras que el otro se entretenía por otro. Sendo lazarillo nos tocó a nosotros para cruzar ese túnel oscuro que nos llevaba a "sunny California." Y como si mi soledad y la de Isa no bastara, nos acompañaban dos hermanitos de siete y cinco años: Jesusito y Marianita. Cuando llegamos al Albertinum, porque así se llamaba el colegio donde habríamos de vivir año y medio sin nuestros padres, nos llevaron en seguida al dormitorio porque ya se hacía de noche.
El viejo con el ojo de cristal corrió hacia el edificio porque estaba lloviendo, subió las escaleras y tocó el timbre. Nosotros esperamos en el pisicorre. Antes de que se abriera la puerta nos indicó que subiéramos al portal estilo misión española, parece que escuchó los pasos de la monja que llegaba. La gran puerta con arco de media luna se abrió para ser ocupada por la figura enorme de Sister Mary, la mujer más alta que yo jamás había visto, grande, gorda, era el pie que cabía perfectamente en la horma de la puerta. Como estaba toda cubierta por el hábito blanco, me impresionaron sus ojos azul celeste y su gran nariz. Nos acogió con mucho entusiasmo, hablando como loca en alta voz y en un idioma que yo no reconocí como aquél que tanto escuché en la televisión sentada al lado de mi padre mirando a Bat Masterson que tanto le gustaba. Entramos al vestíbulo todo de madera reluciente, las escaleras nos llevaron a los dormitorios donde nos acostamos instantáneamente. El próximo día amaneció tan gris como el anterior. Entonces empezó la odisea de hacerse entender por señas. Las monjas nos preguntaban si teníamos ropa de invierno, y yo les dije que no pues ya había visto que las otras niñas traían unos abrigos deportivos que no nos vendrían mal. Pero como yo no tenía idea cómo se decía nada de eso tuve que esperar a que pasara una muchachita con el abrigo indicado y les dije que era eso lo que necesitábamos. Ese día nos llevaron a comprar el uniforme del colegio, que era una blusa blanca, una falda de lana de cuadros, zapatos negros y claro, el abrigo. La excursión fue divertida pues de repente teníamos un montón de cosas nuevas. Como llegamos tarde de hacer las compras, comimos solos en el comedor que estaba a la izquierda de la entrada. Era un salón enorme, con ventanas de cielo a piso, el suelo era de linóleo con diseños simétricos de colores oscuros, parece que querían imitar las locetas multicolores tan lindas de los pisos de mi casa, pero ni modo. Había muchas mesas redondas con sillas donde comíamos. A nosotros nos tocó una mesa cerca de la ventana que daba al patio. El patio estaba completamente desprovisto de árboles, en vez de césped había tierra con unas piedrecitas como si en algún momento todo hubiera estado cubierto de cemento. El patio era enorme, atrás había una cerca de madera y enfrente de la cerca sí había árboles. A la derecha del parque había una piscina que estaba cercada también. Cuando comíamos los cuatro cubanitos recién llegados, Isa, Marianita, Jesusito y yo, la soledad inmensa de aquel comedor que nada tenía que ver con el olor familiar del ajiaco cubano, me hizo sentir el desamparo de nuestra llegada.
Todas en el colegio teníamos responsabilidades. Mientras que a Isa le tocaba fregar los platos, a mí me tocó ayudar en la cocina antes de las comidas. Eso me permitió el acceso libre a la cocina y sobre todo al refrigerador. Era una nevera que ocupaba todo un cuarto, allí estaban los quesos americanos, bloques rectangulares de queso amarillo que a mí me encantaban. También me aficioné a comer fiambres. El comer se convirtió en una actividad secreta, siempre con el miedo que alguien me descubriera en el momento que robaba algo. De vez en cuando llevaba a Isa o a las otras, pero muy a menudo lo hacía sola, me sentía bien después de saciarme con la comida prohibida. Trabajar en la cocina también significaba que tenía bastante contacto con una o dos de las monjas que se ponían a conversar conmigo y me prestaban la atención que tanto anhelaba. La encargada de la cocina era una monjita alemana pequeñita que tenía un acento bastante fuerte. Tenía unas cejas negras muy marcadas y las manos rojas de tanto lavárselas con agua caliente. Todas las monjas llevaban una cofia negra que contrastaba con el hábito blanco. A Sister Gretchen siempre le estaba estorbando ese mamotreto y ella luchaba por sacárselo de encima. Ella me indicaba cómo se hacían las cosas en la cocina y yo la ayudaba. Me imagino que así aprendí mucho inglés pues en otras ocasiones la comunicación era básicamente por señas.
Había varias actividades que de veras me daban placer. Eran cantar, estudiar y hacer trabajos manuales incluyendo la limpieza cuando movíamos todos los muebles para darle brillo a los pisos. Una vez me tocó a mí el comedor. Primero había que mover todas las mesas a un rincón poniéndolas unas encima de otras. Entonces había que quitar toda la churre gruesa con unas cuchillas. Siempre había mucho chicle en el piso. Luego, a limpiar con amoníaco para quitar toda la cera. Luego, con unos trapos viejos le poníamos nueva cera al piso. Era una cera gruesa que venía en unas latas que brillaban mucho. Todo esto ocurría durante la noche cuando no había que usar el comedor. Con la luz encendida de un bombillo pelado nos asegurábamos que habíamos cubierto todo el piso. Recuerdo que Isa trabajó conmigo y nos gustaba que todo saliera perfecto. Lo último era coger el aparato enorme que le daba brillo al piso después que se secaba la cera. Al principio si uno no sabía usar el pulidor era fácil perder control porque pesaba mucho y se movía rápidamente con sus dos ruedas giratorias. Pero después de aprender bien era divertido manejarlo con un dedo y ver cómo quedaba el piso de brillante. Lo hacíamos todo después de comer hasta que terminábamos tarde en la noche. Eso era lo divertido, no tener que acostarse con el resto de la gente y sentirse super cansada después de terminar la faena.
En los días de lluvia nos tocaba quedarnos adentro y nos poníamos a escuchar discos y a cantar con "Sing Along With Mitch" una serie de discos hechos para ser acompañados. Así aprendí a cantar muchas de las viejas canciones tradicionales norteamericanas. En el verano había una chica que cantaba muy bien que no formaba parte de la escuela, pero que venía a ayudar a las monjas. Un día se puso a ensayar una canción que se me quedó grabada en la mente:
When you walk through a storm
Hold your head up high
And don't be afraid of the dark . . .
Durante la semana santa no nos dejaron cantar porque había que guardar silencio. Yo me sentía como perdida en la escuela, queriendo escuchar música, cantar, jugar, hacer ruido. Me parecieron días interminables.
Flora Gonzalez
Febrero 2003
Raysa
Marchamos hacia un concepto: la combinación del estudio y el trabajo en todos los niveles de enseñanza: en la secundaria, en la media superior y en la universidad. ... Nosotros creemos que el hombre que realiza sólo trabajos manuales se embrutece. Y creemos igualmente que el hombre que realiza sólo trabajos intelectuales se deforma, y en cierta medida, también se embrutece....No hay otra forma de educar a un hombre superior que enseñarlo desde muy joven a trabajar
Fidel Castro Ruz (1971)
Alquizar, La Habana, Cuba, 1975.
Desde la altura de un helicoptero sobrevolando el campo en Alquízar, se vería la Escuela Secundaria Básica Batalla de Todos alzarse como una E de concreto enorme, sembrada en medio de cuarenta caballerías de platanares que la rodeaban como un mar de tedio agrícola. De noche los destellos metálicos de luz fría que la alumbraban, le daban cierto esplendor de nave espacial llena de marxianitos azules, alunizados allí por designios del marxiano mayor con delirios de la galaxia socialista.
Así mirándola desde un vuelo, su estructura de tres largos edificios, conectados al centro por un amplio pasillo que llamaban Central, la semejarían en su diseño al de una E atrofiada de Exagerados Extremos, largos como una Eterna Entelequia Educacional, repetida a centenares como Ecos de Esperanza, Esplendor, Estudio, Excepcional, Experimento, Estricto, Ejecutar, Estrategia, Estadista, Enseñanza, Explícita, Equitativa, Esencial, Engrandecida, Emancipada, Ennoblecida, Enaltecida, Exaltar, Educando, Escogido, Esforzado, Expediente, Épico, Ejemplar, Estandarte, Engendro, Escenario, Exigir, Entereza, Exhortar, Energía, Exultar, Empeño, Edificar, Esmero, Emulación, Empuje, Entusiasmo, Estímulo, Encomio, Euforia, Estado, Estatuto, Estatismo, Endoctrinar, Evacuar, Expurgar, Emigrar, Escisión, Exilio, Entristecer, Ensordecer, Embozar, Enmudecer, Embotar, Entorpecer, Enclaustre, Encierro, Espera, Estóica, Escozor, Escapar, Espiar, Expulsar, Escarmiento, Etcétera, o Exudar, Enfangar, Estropear, Extenuar, Exánime y Exangüe en las tres horas diarias de trabajo productivo, de una a cuatro, cuando más enciende el sol.
Claro que cada cual puede leerse la E como mejor se lo dicte su real experiencia de hombre nuevo. Las vivencias en una escuela en el campo alcanzan la infinitud en motivos tan innumerados, que de irlos nombrando en su eternidad ensordecería la retina de los ojos de quien lea. Desde la escuela donde le tocase ir, al año en que fuese; desde el grosor de las colchonetas de las literas, al albergue adonde fuese a cohabitar cuarenta y cuatro semanas al año, entre otras cincuenta y nueve compañeritas; desde el algo más que una amistad que sublimase su adolescencia, a las escalera al primer beso; desde la guardia de autoservicio que le llenase la bandeja en el comedor, al parentesco de un padrino apuntalado en el poder interior del Ministerio; desde los profes que estuviesen de guardia de equipo, a las noches de apagón; desde las fugas al pueblo menos lejano, al robo del pan del almacén; desde los doce a los diecisiete años; la lista, de hacerse algún día, entumecería de recuerdos a la memoria de toda una generación, y sus hijos.
Pero nada homerizaba más la odisea de aquel encierro campestre, que inventar la manera de no tener que ir a trabajar al campo. Al menos así era para Patricia, a quien la idea de doblar el lomo la paralizaba, gracias que siempre fue de muy mal comer, y es en este cuento quien nos trae su historia.
Resulta que los que lograban ingresar aunque fuese un día en la algodonezca bondad de la enfermería, se alojaban al suave tratamiento en manos de la China Sorangel, la enfermera, alejados del campo, el fanguero, la gritería, la plaza de formación, y las colas del comedor. Pero para lograr tal alivio había que tener un certificado médico vitalicio, estar bien enfermo de verdad, ser un as en artes histriónicas, o caerle en gracia vocacional a la de primeros auxilios. Más difícil aun era alojarse en la enfermería si la hilera de los enfermos coincidía con la hora de las tres horas de ir a trabajar en el campo, pues entonces había que empalidecer febrilmente no sólo ante la enfermera; también había que comparecer ante la Subdirectora de Producción, que ya sabemos era una atormentada que no entendía de enfermos ni enfermedades si la alejaban de su meta de un 105 por ciento de incorporación a las labores agrícolas, poniendo en peligro el sobrecumplimiento del plantel, lo cual dañaría su vanguardia reputación, restándole más diplomas nacionales, y una que otra medalla, y encima destruiría su sueño de convertir a Batalla en la primera E.S.B.E.C. exportadora de algo. También había que posar frente al Cazuelero, el Subdirector de Vida Interna, que en su titánica lucha contra el ocio, a esa hora siempre andaba a la caza de manos de alguna obra para labores de poco esfuerzo. A esas labores se iban los más débiles, o los que con tal de alejarse del trabajo productivo, inmovilizaban el pie entero ese día entre muletas, por el estado explosivo de una ampollita en el dedo gordo, al que exhibían todo inflamado en rollos de gasa teñidos de timerosal. Valga aclarar que el ejemplo de la ampollita para venderle al trabajo, es sólo el más inocuo de miles ya recogidos en un gruesísimo compendio en espera de título y publicación.
Y bueno, toda esta historia para contarles que de reposo en una de las seis camas del salón de la enfermería para las hembras, se hizo alojar Patricia la mañana del viernes, que logró con la voz y el gesto de quien revela un terrible secreto entre destellos de oxígeno, a punto ya de morir boqueando, convencer a los peritos de que producto de unas croquetas de ave que le habían traído del pueblo, sufría de una indigestión fatal desde la noche anterior. Así moribundeando les fue enumerando todos los síntomas que logró improvisar: sudores de escalofríos nauseabundos con retorcijos en las costillas enrojesidas por erupciones desérticas de pegotes verdurolentos, que le nublaron de picazón el cielo de la boca y las fosas nasales. Todo lo cual le provocó una inflamación infecciosa en el oído derecho, que activó secreciones de alto voltaje para los bronquios, quedando así muy ofuscado el canal respiratorio. Entonces claro, no podía comer, ni oír, ni respirar, ni coger sol, ni que le rozara el viento por el dolor que le punzaba al tacto. Siendo así no estaba en condiciones de desempeñarse ni como ayudante de cocina escogiendo arroz, ni pelando papas, ni de guardia en una silla a la puerta del albergue vigilando que nadie anduviera fuera de su horario, y en tal caso reportar al puesto de mando, ni de recepcionista, ni cuidando las escaleras para que nadie saliera de las aulas, o llegara del campo, antes de tiempo, o vigilando el pasillo central para que no lo ensiuciara nadie, y mucho menos de trapeadora sacabrillo. En fin que no estaba en condiciones ni para el menor esfuerzo.
Ya era viernes de una semana larga y ya Patricia no daba más. Estaba hecha leña. Estaba harta del campo aunque sólo había ido dos días. Extrañaba el mar barroco de su ciudad. Ya no aguantaba una zafra de la papa más. Estaba harta de las caminatas para llegar y regresar de los campos de papa, los platanales, los cafetales, los boniatales, el fresal y su microclima, los naranjales, los toronjales. Estaba harta de las espinas, los guisazos, el deshierbe, el enyerbe, el fanguero, las botas, las ampollas, las guatacas, las bolsitas de polietileno, los semilleros, las hormigas bravas, la norma, los sacos, la Oda al Sobrecumplimiento. Estaba harta de los Deeee Pieeee a las seis de la mañana, harta de la Nueva Trova, harta de Radio Reloj, harta de los discursos y la voz de las bocinas hasta en la sopa; harta del "Amanecer Cubano" de Los Compadres, el ayuno, la leche quemada, la inspección a los albergues, el polvo en las taquillas, la cama mejor tendida, la ornamentación, las toallas de adorno en pose de pato, los matutinos, la sesión de la mañana, la sesión de la tarde, los lemas, las consignas, los murales, las formaciones en la plaza, las visitas de delegaciones de países amigos, las deformaciones, las filas mejor formadas al sol para ser los primeros en entrar al comedor, las reuniones de grupo, de albergue, de cubículo, de la F.E.E.M, los círculos de estudio político, los mítines relámpagos, los asaltos simbólicos, los chequeos de emulación, las iniciativas, los bombochíes-chíe-chíe, los análisis de grupo, los análisis de promoción, los análisis de producción, los análisis de albergues, los análisis de cubículos, los análisis individuales en grupo, los chivatones, el diversionismo ideológico, el aburrimiento del tedio, los incumplimientos, las tardanzas, los reportes en la credencial, las amenazas al pase, el uso correcto del uniforme, los kikos, las amonestaciones, las sanciones, los robos, los estímulos, los méritos, los viajes al Parque Lenin, los deméritos, los diplomas, la caballerosidad proletaria del hombre nuevo, y el sácalebrilloalpiso de la mujer. Estaba harta de la banderita con la tortuga para los perdedores rezagados, y las de la liebre campeona para los cumplidores, cosa que confundía pues en el cuento más conocido la tortuga es quien lleva los pies de Aquiles. Estaba harta del Estudio Individual, el equipo de limpieza, el autoservicio, las colas para el comedor, el apurillo para comer, la comida, el hambre, las bandejas sucias, los jarros grasientos, las colas del baño, el apurillo para bañarse, la ducha fría, los bulutroques de guata de las colchonetas, la limpieza, la suciedad, las áreas verdes, el Pasillo Central, y todo lo que no hemos mencionado. Estaba harta del cansancio que se le encostraba por día, y por encima de todo el harto cansancio, estaba cansada de no pensar sola. Quería soñar, leer, pensar sola y no hacer nada. Soñaba soñar, leer, pensar sola y no hacer nada. Necesitaba soñar, leer, pensar sola y no hacer nada. Soñar. Leer. Pensar sola. No hacer nada. Y obedeciendo a la madre de la invención, se buscó esos síntomas sin mejoría a la vista con tratamiento por descifrar, para que la dejaran en la enfermería. Así, aunque siguiera todo el día bajo observación, por lo menos estaría tranquila en lo suyo.
Así que luego de examinarla como a una larva de rana roja con pelo y piojo, la enfermera les explicó a la Subdirectora y al Cazuelero a la espera de su dictamen, que aunque los síntomas de Patricia fuesen de suma curiosidad, no eran de urgencia que espeluznase, y por lo tanto no necesitaban verse en los ojos médicos. También se tomó en cuenta en la decisión el factor gasolina, ya que de la asignada para la semana apenas quedaba el espíritu en el aliento del tanque, de usarse sólo en caso de fuego. Además, de todos modos ya al otro día era el regreso a casa y Patricia estaría al buen amparo de sus padres y médico de familia. Y claro que a su favor también rodaba el hecho de que la enfermera ya conocía su holgazán padecimiento; así que Patricia se atendería en la enfermería entre bálsamos y ungüentos, sin visitas, ni compañía, para evitar el contagio en caso de serlo.
De modo y suerte que se pasó el día entero de reposo absoluto, con el salón de la derecha todito para ella sola, en compañía de su libro, y la brisa del campo paisajeándole a una hermosísima distancia desde el ventanal. El tiempo se lo colgó a los ojos como un collar de lecturas: Alicia en su maravilla, forrado el libro con un letrero rojo titulando: Fundamentos de la Filosofía Marxista. Tomo I. Afanasiev.
Sólo se levantó de la cama un par de veces al llamado fisiológico, y cambiar de posición. Al mediodía le llegó el almuerzo con más ofrecimientos que de costumbre, al almuerzo le siguió una siesta suculenta, y al despertar volvió a su lectura y contemplación. Para más placeres de atardecer, a las cinco pudo ver desde las ventanas el anunciado juego de pelota de los equipos de noveno grado, puro goce y placer pues miró de lejos al que más le hacía guiñar los ojos, que se tardaría un año más en notarla. Pero a la hora del Estudio Individual, se tuvo que poner a copiar los apuntes de las clases que había perdido, a sugerencia de Marcia, la delegada del grupo, que ofreció sus libretas en hermoso gesto de compañerismo ejemplar, según calificó la Subdirectora Docente. A su hora comió frente al televisor, pues se lo permitió Sorángel que por ser la noche del viernes, universalmente de muy pocos enfermos, se había zambullido desde temprano en sus textos en su cuartico después que dio orden estricta de avisarla sólo para levantar a un muerto.
Para ir amansando la ansiedad que se apoderaba de todos la víspera del sábado, el regreso a casa, Patricia acampó frente al televisor desde El Capitán Tormenta a las 7:30, hasta Conozcamos la URSS, que era lo último de los viernes por el canal 2. La verdad es que si se quejó, obviando los desmanes de la televisión, fue porque tenía que hacerlo para justificar su agudo estado y quedarse así donde estaba; pero el día en fin le fue celestial.
La noche, sin embrago, sumó círculos infernales que ya son otro cuento por empezar.
Raysa Mederos
Febrero, 2003
Flora Gonzalez
Writing, Literature and Publishing
Emerson College
120 Boylston Street
Boston, MA 02139
flora_gonzalez@emerson.edu
Raysa Mederos
Lecturer in Spanish
Brandeis University
Raysa2@rcn.com
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